viernes, 21 de octubre de 2016

¿Cómo afrontar el abandono?






Publicado por: JP Ben-Avid ..


Cuando pensamos en un niño huérfano de inmediato tenemos la imagen de un niño en la calle sin padres, sin comida, sin techo, o tal vez pensamos en un orfanato con niños abandonados por sus padres, o niños que en medio de una tragedia perdieron a sus padres y quedaron desamparados, pero pocas veces tenemos la imagen de nosotros mismos.

Sin embargo existen situaciones que cuando pequeños nos hacen sentir como huérfanos, y esa sensación que se produjo cuando éramos niños nos sigue acompañando aún de adultos de forma inconsciente hasta que logremos sanarnos.

A diferencia de los animales, el ser humano requiere un cuidado durante varios años después de nacer que le permitan su supervivencia, esto representa en ciertas circunstancias mayor vulnerabilidad pero a la vez nos presenta la posibilidad de generar una mayor vinculación con nuestros padres o cuidadores.


Vemos por ejemplo que los peces simplemente ponen huevos y abandonan a sus crías, cuando ellas nacen sobreviven sin ningún problema, en el caso de otras especies como las hormigas, se produce el huevo que posteriormente pasa a ser una larva, luego pupa y finalmente una hormiga, las hormigas obreras ayudan durante este tiempo suministrando comida y una temperatura adecuada para que se produzca la metamorfosis y nazca la hormiga, al nacer solo requieren un par de horas para desarrollar un exoesqueleto fuerte y vivir en la colonia.

Como vemos en estos dos ejemplos, la protección de los padres o adultos no es requerida por mucho tiempo, por lo que la supervivencia de estas especies no se ve afectada por el abandono o negligencia de sus progenitores.

Por el contrario los seres humanos requerimos de años de cuidado para lograr desarrollarnos completamente y sobrevivir sin la ayuda de nuestros padres u otro adulto, esto conlleva a que durante este periodo de crecimiento corramos el riesgo de no sobrevivir o que se produzcan situaciones que nos afecten en nuestro adecuado desarrollo.


En esas edades tempranas cuando experimentamos algún tipo de abandono como puede ser quedar perdidos por unos instantes en medio de una calle o centro comercial, el ir al colegio sin que se nos haya explicado en dónde nos van a dejar, tener la ausencia de un padre por exceso de trabajo, ser agredido por alguien y que no exista nadie quien nos ayude, etc., se puede desarrollar en nosotros este sentido de orfandad, ya que no contamos con un pensamiento formal que nos brinde la posibilidad de comprenderlas de una manera adecuada y tranquila.

A esta sensación de orfandad se le llama en la psicología arquetípica La Caída, al igual que La Caída de Adán y Eva. Esta experiencia de abandono nos puede inducir a ver la vida como “debo esforzarme para ser digno de amor”, o por otro lado confirmar que “estoy solo”.

El sentimiento de orfandad puede estar dado por la falta de protección y cuidado, por la carencia de amor, por la ausencia de alguien que se haga cargo de nosotros, por negligencia o abuso de los adultos responsables, las injusticias cometidas contra nosotros, la traición de nuestros amigos; lo que conlleva a una sensación de inseguridad física y emocional.


Un niño habita dentro del adulto

Ese niño maltratado y abandonado continúa en nosotros aún en la adultez, adquiriendo determinadas conductas que nos pueden llevar desde la victimización hasta el cinismo.

El niño huérfano sigue viviendo en nosotros a pesar de los muchos años. Vuelve a experimentar esas mismas emociones cuando ve que sus amigos lo traicionan, su jefe abusa del poder, cuando su pareja le es infiel o lo abandona, cuando ve políticos deshonestos, cuando ve que algunos pueden saltarse las leyes.


Al no reconocer el huérfano que habita en nosotros, también ese niño se siente abandonado por nosotros. Quedar atrapado en la orfandad nos quita la vitalidad y la alegría. Pero es difícil reconocerlo cuando nuestra sociedad nos da poco tiempo para el autodescubrimiento, cuando no se nos permite sentirnos abandonados o vulnerables.

Nos muestran la vulnerabilidad como algo malo: “Tienes que ser fuerte”, “no demuestres que estás triste porque se van a aprovechar de ti”, a los hombres les dicen con mucha frecuencia “los hombres no lloran”, “pareces una niña llorando”, etc.

Todas estas frases crean en nosotros un doble problema, primero evitamos mirar a ese niño abandonado, huérfano y segundo nos llenamos de miedo ante la posibilidad de expresar nuestras emociones porque ellas implican vulnerabilidad.


Sanando el abandono

La orfandad es en realidad una invitación a contactar con nuestros sentimientos. Mientras no los reconozcamos no podremos controlarlos, ellos aparecerán en momentos inesperados con toda la carga que ha sido guardada durante muchos años.


Así que si quieres comenzar a sanar ese huérfano que se encuentra dentro de ti, puedes comenzar con algunos de estos ejercicios:

Reconocer nuestros sentimientos y emociones; no es una tarea fácil, ya que muchas veces podremos sentir vergüenza por albergar este tipo de emociones o sentimientos dentro nuestro.

Nos han hecho ver tan malas ciertas sensaciones que nos negamos a observarlas, pero mientras las sigamos escondiendo, ellas seguirán surgiendo. Lo que más evitamos es lo que más persiste. Así que es mejor que te tomes un tiempo para mirar lo que tienes dentro.

Observa los pensamientos asociados a ese sentimiento y emoción. Te darás cuenta que dentro de ti guardas creencias de las personas y situaciones influyentes en tu vida que te llevaron a sentir o a esconder estas emociones.

Las emociones son el resultado de lo que pensamos y cuando las albergamos por mucho tiempo sin revisarlas controlan nuestra vida y pueden llevarnos incluso a enfermarnos si no logramos canalizarlas adecuadamente.


Escribe todo aquello que piensas, es una buena forma de desahogarnos sin herir a nadie. Pero también es una forma de observar lo que en realidad llevamos dentro.

Conéctate con esa emoción y siéntela, no la evites, busca el lugar de tu cuerpo donde se alberga, siente su peso, observa su color, su forma, síguela a todos los lugares de tu cuerpo donde vaya.

Esa emoción ha permanecido durante tanto tiempo sin ser observada que seguramente durarás un buen tiempo haciendo este ejercicio.

Cierra el ciclo. Perdónate a ti mismo y no te sientas culpable por sentir estas emociones. Míralas como parte de tu aprendizaje.


Cuando decides observar lo que durante tanto tiempo llevas escondido dentro de ti, estas llevando luz a ese rincón de oscuridad. Eso que parecía tan malo se convierte en una herramienta poderosa para enfrentarte a la vida como un ser renovado.



Autor: JP Ben-Avid

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